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10 beneficios del consumo compartido, motivos para intercambiar

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Lo mejor que podemos hacer por otro no es sólo compartir con él nuestras riquezas, sino mostrarle las suyas, decía Benjamin Disraeli. Quien hubiese dicho que esas palabras tan sabías saldrían de la boca de un político, escritor y aristócrata británico del siglo XIX -eran otros tiempos-. Tal vez sean de estirpe aristócrata pero trasladadas a la economía compartida, esas palabras cobran otra dimensión, casi reproducen su principal esencia… ¿acaso la economía compartida o colaborativa no es compartir lo que uno tiene y animar al otro a hacer lo mismo?

Esa idea siempre estuvo ahí presente. No es nada nuevo, tenía por nombre trueque, alquiler, préstamo o donación. ¿Cuál ha sido entonces el detonante de la economía compartida? Toda toma de decisión se basa en procesos que implican al menos tres ingredientes: razón, emoción e imaginación. Sólo le faltaban dos más a la economía compartida para alzar el vuelo y alcanzar sus proporciones actuales: tecnología y agonía del modelo de consumo moderno. La tecnología móvil nos acercó a todos, y el modelo de consumo actual ha desaguado sus excesos en la reciente crisis financiera, ética y política.

La economía compartida es el nuevo pan nuestro de muchas empresas tecnológicas. De ahí la abundante actividad en este sector, no pasa una semana sin que sean noticia o nazcan nuevas iniciativas de intercambio. Iniciativas que ofrecen al consumidor el acceso a cualquier producto, experiencia o habilidad sin la necesidad de poseerla… desde coches hasta vacaciones pasando por cualquier objeto que se pueda intercambiar, servicios o habilidades como las de un chef urbanita local, un programador creativo o un granjero orgánico en busca de ayuda a cambio de estancia.

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El modelo actual de consumo es un gordinflón viciado que se considera en lo alto de la cadena alimenticia y abusa de los recursos naturales como si no hubiera un mañana. Pero el cambio está en marcha y ya no se trata de una mera tendencia. La economía compartida ha creado su propio mercado peer to peer que mueve ya millones de euros cada año. Planta cara a los lobbies, a las grandes corporaciones y empresas ya asentadas que tienen por único objetivo lucrarse a toda costa, sin importarle el interés y bienestar del individuo.

Estamos plantando cara a los de arriba, los poderosos que centralizan el flujo del dinero. Generamos valor para la comunidad creando experiencia humana a través de un modelo de consumo que procura placer y produce valores sobre los que reconstruir nuestro futuro. Pero empezar con buen pie no nos libra de andar con pies de plomo. Empresas con ganancias millonarias se meten en la economía peer to peer pidiendo milagros por migajas -hago referencia al crowdsourcing de marcas como McDonald’s, 7UP o Coca Cola.

Plataformas de crowdsourcing no nos faltan. Han sido bautizadas como Blablacar, Kickstarter, Bookmooch, Joinuptaxi, Knok, Wwoof, Bandeed, Doafund, Eatwith, Elance, 99designs, Airbnb, Change, Floqq, Ulule, Indiegogo, Fromlab, Leetchi, Uolala, Nolotiro, Wallapop, Grownies, y un largo etcétera. Luce otro día, y nacen nuevas plataformas pero también se despiden con un adios otras muchas… Efectivamente, el mayor reto de estas plataformas está en atraer a una densidad de población local suficientemente amplia como para generar actividad útil para una comunidad. El individuo es el ingrediente esencial para que esta economía compartida obre su magia. ¿Vale la pena participar en la economía del intercambio? Ahí van 12 respuestas, 12 motivos para formar parte de ella.

Consumo colectivo sostenible, neutraliza el malgasto

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En un modelo de consumo colectivo, los recursos del planeta ya no están sometidos a tanta presión. El hombre moderno, más allá de sus instintos, tiene necesidades sofisticadas que se satisfacen mediante el consumo. Consumo cuyos excesos desbocados, y alentados por una industría codiciosa, desembocaron al consumismo individual. Ese viejo hábito sigue habitando cada una de nuestras decisiones de compra. Ni siquiera debe responder a una necesidad -la industría se las apañó para crear falsas necesidades, el 90% de las compras son pura emoción. Lo quiero, lo compro. Pero un cambio viene gestándose desde el inicio de la crisis,… la perdida de confianza en el consumo. Ahora la razón es quien manda, y por motivos económicos… de ahí ya no pasamos.

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El comprar no se acabó, siempre pervivirá pero no como primera opción ante una necesidad o un simple capricho. Todos tenemos los armarios a rebozar, las estanterías repletas de libros ya leídos, y cada año se vuelve a llenar nuestro trastero de cosas que ya no usamos, no necesitamos y olvidamos cuando podrían acceder a una vida mejor. Todos estos objetos pueden tener una segunda, tercera, cuarta… y más oportunidades en las manos adecuadas. Recicla, presta, regalo lo que ya no necesitas. No lo tires si no está roto. El consumo del intercambio es más sostenible porque además de disminuir la cantidad de residuos producidos por nuestra sociedad, supone un cambio de paradigma hacía un consumo consciente y solidario.

Consumo eficiente, se alarga la vida útil de los bienes

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Para las personas, el propósito de cualquier producto que se compre es que cumpla su función y nos dure lo máximo posible. Desgraciadamente, para las empresas esto no es rentable ya que si no reemplazas lo que ya tienes, el consumo baja y con ello sus ingresos. La máxima del consumo postmoderno es produce barato con materiales endebles para de esta forma atrapar a los consumidores en un eterno ciclo de compra. Ciclo cuyo propósito no es otro que reponer lo que ya tienen en casa pero se ha roto o ya no cumple con los requisitos de lo que es tendencia… a nadie le gusta ir de progre trasnochado por la vida, con su iPhone 3 o iPod mini. Es más, a nadie les suena extraña ya la expresión de obsolescencia programada… y si no, ponte al día.

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El autentico propósito del consumo colectivo es el de alargar la vida útil de los bienes ya que encima que nos duran poco, a la mayoría no les damos uso. ¿Cuántos se han comprado una licuadora para zumos de fruta que acabó olvidada en un armario de cocina? ¿Cuántas veces al año usas tu taladro o esa bicicleta elíptica de interior? Todos nos armamos de buenas intenciones pero hay que admitir que erramos más que una escopeta de feria en nuestras decisiones de compra. ¿No sería más eficaz intercambiar, regalar o prestar lo que ya no usamos? Si optas por el intercambio, ten presente que son dos compras innecesarias evitadas, con la satisfacción de haber conectado con otra persona y no un comercial. Además, se optimiza el uso de recursos y servicios.

Consumo sociable, conectas con una comunidad local

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Consideremos una transacción común para la compra de un electrodoméstico y analicémosla desde una perspectiva social y no meramente monetaria. Es un acto mecánico y frío que a veces viene acompañado de cierta inquietud, vacilación y desconfianza… aunque todo se esfuma una vez tengamos el tíquet de compra en las manos. Pero es la excepción ya que para muchos comprar es puro entusiasmo y regocijo… hasta cura el desánimo y nos llena de ilusión. Pero una vez más… se esfuma conforme vayan pasando los días y sólo nos queda un desvaído recuerdo de esa alegría inicial. Una compra puede ser satisfactoria o no, pero rara vez se convierte en amistad o nos hace sentir parte de una comunidad, reforzando los lazos humanos con personas locales.

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Pero si lo que yo quiero es comprar, no ir haciendo amigos. Si bien tu postura es válida, no la hace valiosa a ojo de los entusiastas de la economía compartida. Cuando se les pregunta, una gran mayoría dice estar satisfecho de este modo de consumo por su faceta social. El hecho de realizar un intercambio fuera de los confines comerciales de una tienda te procura otro tipo de experiencia. Nace una conexión especial entre personas que comparten algo en común, valores sociales de la comunidad de la que forman parte. Los adeptos de la economía colaborativa son mucho más propensos a los encuentros humanos, ese sentimiento de conexión con otros, reforzando lazos humanos, nutre su ego de la forma más sana posible.

Consumo flexible, se adata a las necesidades de todos

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Miles de puertas se abren literalmente a nosotros cuando hacemos de la economía colaborativa un modus operandi. Salimos del circuito comercial cerrado para elegir nuevos interlocutores, sea el vecino que vive en nuestra ciudad sea alguien con ciertas habilidades a miles de kilómetros de nuestra casa. Si quieres viajar, puedes elegir una agencia de viaje -sea offline u online- o programar tu viaje con ayuda de particulares, compartir coche a cambio de contribuir a los gastos, organizar una mesa de conversación entre viajeros del AVE, o convivir gratis con una familia local en la otra punta del mundo. Si necesitas ayuda con los quehaceres de tu casa, puedes intercambiar tareas de cualquier tipo o tu tiempo.

Existen bancos del tiempo donde uno pone sus habilidades y destreza a disposición de la comunidad. O plataformas de crowdsourcing que ponen a nuestro alcance miles de profesionales y expertos para echar una mano a nuestros proyectos. Se trata de un consumo flexible ya que la compra no se impone como opción ineludible, el trato se convierte en relación personal de peer to peer. Es decir de persona a otra persona que, como tú, tiene necesidades especificas. Otro ejemplo… se te rompe la pantalla de la tablet, o compras otra o buscas un kit para sustituirla si eres muy manitas… o lo dejas en manos de un peer experto a cambio de parte de tu tiempo, tareas domésticas o habilidad profesional.

Consumo humano, promueve valores como la confianza

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Una relación de intercambio, sea de bienes o servicios, tiene más humanidad que un trato mercante. No hay lugar para la arbitrariedad ya que el dinero deja de cobrar tanto protagonismo a favor de otros tipos de valores. La piedra angular sobre la que se asienta la economía colaborativa es la confianza. Sin ella el edificio se viene abajo. ¿Dejarías tu coche a un extraño? Obviamente, no. Son necesarios mecanismos de integridad y seguridad que establezcan un clima de confianza. Del mismo modo, es necesario que existan normas de regulación para que esa economía pueda convencer a los más escépticos. Pero la semilla de la confianza está en su esencia, nos empuja hacía una zona de confort donde cada uno es garante de la honestidad ajena.

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La economía es el reflejo de la sociedad, de cómo somos y cómo actuamos, del porqué tomamos tal o cual decisión. Siempre existirán los aprovechados pero a diferencia de la economía tradicional, aquí te quedas fuera si abusas. Ya existen múltiples sistemas para verificar la fiabilidad, credibilidad y honestidad de cada usuario, algunas plataformas lo llaman karma o social score. Incluso existen algo más valioso que el DNI, una tarjeta digital que calibra tu nivel de integridad usando como fuente tu actividad en las redes sociales y plataformas de economía compartida. Si no disfrutas de una identidad digital con buena salud, no obtendrás mucha puntuación; el servicio TrustCloud ofrece la tarjeta TrustCard. La confianza sustituye a la codicia en esa economía.

Consumo solidario, por la igualdad entre las personas

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¡Es de cajón! Si hablamos de economía colaborativa, implica solidaridad y acceso a bienes y servicios que de otro modo serían inalcanzables. Prestar, regalar, compartir son acciones que ayudan a conectar con las personas más necesitadas. Salir de nuestro aislamiento para crear comunidades de consumo digno forma parte de este proceso. La economía compartida no se limita a la cooperación para un consumo sostenible y responsable, también es justicia social. Pasamos de ser meros consumidores a ser productores de esta economía. Y no podemos dejar fuera a nadie. De ahí la gran cantidad de plataformas de crowdfunding solidario que existen. El consumo colaborativo conecta las personas sin importar su clase social, color o raza; derriba fronteras.

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La financiación colectiva de proyectos humanitarios y causas solidarias siempre ha existido mediante las acciones de ONG’s, pero en la economía compartida obra a gran escala. El poder de la colaboración se pone al servicio de los desfavorecidos. A nivel local se trata de brindar las mismas oportunidades a los ciudadanos, igualdad. Palabras como desahucio llegan con demasiada frecuencia a los titulares, ahora tú también puedes hacer algo más que quejarte y compartir estas noticias en tu muro Facebook. A través de patrocinios sociales se logra apoyar a las personas desahuciadas. Hubo muchos abusos en el mundo de las ONG’s y generó cierta desconfianza entre la gente, la economía compartida te brinda una nueva oportunidad de reconciliarte con tu compromiso inicial.

Consumo ahorrativo, todo por una fracción de su coste

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Todavía me quedan cuatro cartuchos que disparar pero me doy cuenta de que ya me he extendido mucho y algunos beneficios caen por su propio peso. El trueque o alquiler de objetos cuando los necesitamos, el intercambio de tareas, la colaboración en un huerto compartido, el uso de wifi compartido legalmente, el préstamo a cambio de recompensa, el uso del coche por horas o la posibilidad de compartir taxi o salir de los circuitos turísticos para compartir actividades organizadas por gente local, la estancia gratis a cambio de cuidar de la casa, el acceso a la financiación colectiva para tus ideas, la venta de porciones de comida entre vecinos o la organización de cenas por chefs locales, la posibilidad de externalizar tareas de diseño para tu empresa, el intercambio de ideas, conocimiento, espacios sin usar, favores… todas esas opciones se traducen en ahorro.

Es obvio, la codicia no es uno de los pecados capitales de la economía compartida. Es más, la motivación principal no es acumular riqueza sino acceder a bienes y servicios sin desembolsar tanto dinero. Muchos se acercan a esta economía motivados por el ahorro y la posibilidad de librarse de la presión ejercida por la sociedad del consumismo desenfrenado. La economía compartida permite acceder a bienes y servicios por una fracción de su coste, a veces gratis; algunos han hecho incluso de ello una filosofía de vida y viven del trueque.

Consumo estimulante, ideas que regeneran el mundo

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La faceta más popular de la economía colaborativa sigue siendo el crowdfunding. Es decir la financiación colectiva, sea como inversor sea a cambio de una recompensa. La plataforma más conocida es Kickstarter junto a otras como Ulule o Indiegogo. Son plataformas genéricas que permiten recaudar dinero para tus ideas o proyectos a cambio de una recompensa. Las personas se vuelcan en ayuda de proyectos con los que conectan personalmente. Financiar un proyecto en kickstarter es aportar nuestro granito de arena, te sientes parte de algo en lo que crees. Crea un vínculo emocional, no solamente monetario. Nos devuelve el poder de dibujar un mundo en el que queremos vivir, respaldando proyectos e ideas que de otro modo no hubieran visto la luz.

Esas plataformas pueden mover montañas de dinero, no hay más que echar la vista atrás a lo que llaman el mayor fracaso -¿o éxito?- del crowdfunding: Ubuntu Edge. Consiguió más de 12 millones de dólares de los 32 millones que necesitaba. No creo que se pueda hablar de fracaso, esto sólo es el principio. Grandes ideas llegan cada día a las plataformas de crowdfunding. Y saber que tenemos la posibilidad de cambiar la suerte de muchas de ellas es algo muy reconfortante sobre el devenir del planeta y de nuestra sociedad. Es algo muy estimulante. Las grandes empresas del mañana ya no se desarrollan en garajes sino a plena luz del crowdfunding, y ahora somos una pieza esencial del engranaje financiero.

Consumo de libre albedrío, recuperación de la autoridad

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El modelo económico actual está centralizado en manos de grandes corporaciones y lobbies. En realidad lo está casi todo, desde la política seudo-democrática hasta temas de los más variados que nos afectan a todos como la alimentación, en manos de organizaciones como el OMS o FAO y su codex alimentarius, o la agricultura que depende en gran medida de las subvenciones y ayudas para sobrevivir.

Nuestro poder de decisión entretiene una relación de amor-odio que se debate entre dinero y felicidad. Los productos más demandados ya no son productos de primera necesidad sino productos que nos venden la publicidad y la artillería de marketing. Producen pura emoción y cierta ilusión. En ese proceso hemos perdido nuestro autentico poder de decisión, hemos perdido nuestra propia autoridad. Debemos recuperarla cueste lo que cueste.

Lo que nos da la economía colaborativa es la oportunidad de recuperar el poder de decisión consumiendo como ente consciente y no como simple consumista descarrilado en busca del mero efecto terapéutico ¿Un nuevo coche cada 4 años, en serio? No generalices… cierto, pero no me pueden negar que ésta es la dinámica de la economía capitalista actual. Erramos en nuestras decisiones de compra, vivimos a través de los demás una ilusión y compramos cosas que no necesitamos. ¿Qué tal si añadimos un poco de sentido común al asunto?

Consumo local, favorece el bienestar de tu comunidad

Este tema es delicado ya que resulta difícil de controlar cuando casi todo lo que consumimos hoy en día se produce en países como China, Corea del Sur o la India, entre otros. Seguramente ya has oído hablar del consumo local o, en el ámbito de la alimentación, de la distribución kilometro cero. Un concepto que se originó en el movimiento slow food con la idea de consumir productos locales permitiendo la reducción de emisiones de CO2 a la vez que favoreciendo la economía local.

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Parte de la economía colaborativa va en ese sentido también. Favorece los contactos entre personas de una misma ciudad o vecindario e incluso en la misma finca. Obtener la fruta y verdura de un productor local, regalar lo que ya no necesitas a tu comunidad, alquilar el taladro de tu vecino para colgar un cuadro en vez de comprarte uno,… son conexiones entre locales que favorecen el bienestar de tu comunidad y refuerza sus lazos.

Hace funcionar la economía local y permite multiplicar los encuentros entre personas que viven cerca ya que muchas acciones de la economía compartida requieren del contacto para funcionar. El alquiler o el préstamo de bienes y tareas domésticas por ejemplo, también está la creación de espacios de coworking o simplemente conocer gente a través de sus aficiones y actividades organizadas por algunos peers: los cursos, fiestas, cenas o salidas en grupo. Los encuentros se dan especialmente bien entre los que usan los bancos de tiempo y el crowdthinking o inteligencia colectiva donde se reúnen y comparten ideas de investigación.