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Cuando el planeta dice “basta”

Últimamente oigo hablar mucho sobre la huella o deuda ecológica. ¿Es una nueva moda, derivada del calentamiento global? Ya se estudia reflejar en el etiquetaje de los productos su huella de carbono. Pero, ¿es suficiente?

¿Qué es la deuda ecológica?

Para empezar, expliquemos qué es. Básicamente es una extensión de lo que dijo Malthus hace más de doscientos años:

“La capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre. La población, si no encuentra obstáculos, aumenta en progresión geométrica. Los alimentos sólo aumentan en progresión aritmética.”

La deuda ecológica no hace referencia sólo al consumo de alimentos, sino que se extiende a todo tipo de consumo: ropa, plásticos, papel, electrónica… todo aquello que necesita productos del planeta para fabricarse (es decir, todo, absolutamente todo). Sabemos que los recursos naturales no son ilimitados, pero aún así, estamos cada vez más lejos de reducir nuestro consumo. Y eso que estamos en crisis. ¿Conformismo? ¿Falta de concienciación? El caso es que la deuda ecológica está ahora tristemente de moda quizás porque un estudio de la New Economics Foundation (NEF) dice que el pasado 21 de agosto nuestro planeta entró en deuda ecológica. ¿Por qué ese día? Porque según el estudio, si la humanidad tuviera que sobrevivir con lo que le “toca” ahora, los años tan sólo podrían llegar hasta el 21 de agosto. El resto del año, como se suele decir, “a pan y agua”. Y ni eso.

Como es de suponer, la deuda ecológica de los países más ricos es cinco veces mayor a la de los países con ingresos más bajos. En la actualidad, España figura en el puesto número 19 del ránking de países con más huella ecológica (por suerte, hemos bajado algún puesto, ya que en un artículo de hace un par de años decíamos que estaba en el puesto número 12).

La búsqueda de nuevos materiales para no dejar de consumir

El ser humano, nosotros, las personas, le exigimos mucho, demasiado al planeta. Le pedimos mucho más de lo que necesitamos y le obligamos a darnos mucho más de lo que es capaz de ofrecernos. Por el contrario, nosotros le damos muchísimo menos de lo que nos pide con un grito agonizante, inaudible para nuestros oídos sordos. Hace un tiempo un amigo me comentó que antes de comprar algo se preguntaba: “¿Lo seguiré usando dentro de seis meses?”. Cada objeto varía su vida productiva, claro, pero creo que en muchos casos es una buena reflexión que debemos hacer antes de dejarnos arrastrar por nuestros impulsos consumistas. Si no, podemos plantearnos la cuestión inversa: pensemos en todas las cosas que hemos comprado en los últimos seis meses. ¿Cuántas seguimos utilizando y cuántas tenemos almacenadas en un cajón o peor, los tiramos porque sí y sin preocuparnos de su reciclaje?

La deuda ecológica es insostenible. Y cada vez va siendo menos lejano ese hipotético “fin” de los recursos. El descubrimiento de nuevos usos de los recursos no es casual, por ejemplo el grafeno, para equilibrar la sobreexplotación del silicio y que el mundo desarrollado no sufra esa crisis de identidad que le ocasionaría tener que renunciar al gran avance de las pantallas táctiles, tan presente en nuestros gadgets.

Me gusta mucho una comparación que leí hace unos días: la deuda ecológica es como si retiráramos de nuestra cuenta bancaria más intereses de los que da el capital. Llegará un día que no tendremos. Pero yo me pregunto: ¿La solución es buscar nuevos materiales que explotar o más bien dejar de consumir, o por lo menos, reducir el ritmo agresivo actual? ¿Iremos ahora a por la búsqueda del grafeno, cueste lo que cueste?

Etiquetaje para lavar conciencias

Una gran estrategia de márketing de los últimos años son las campañas corporativas que lavan las imágenes de las empresas. Que si usamos energías verdes, que si obras sociales… ya sabes de qué hablamos, nos bombardean a diario con esos compromisos que solemos percibir con cierto escepticismo. Ahora se están empezando a hacer los primeros estudios sobre el coste de carbono de los productos, es decir, la huella ecológica que dejan. En Gran Bretaña, una empresa de supermercados ha sido pionera en etiquetar sus productos con las emisiones de CO2 que ha comportado todo su proceso de elaboración. Se han sumado al carro empresas de otros países como Francia, Suiza o Finlandia.

El problema es que todavía no es una etiqueta legislada ni a nivel estatal ni a nivel europeo, por lo que, de momento, el consumidor ha de tener fe en el compromiso de la empresa. Un buen etiquetaje que revele la huella ecológica de cada producto puede incentivar el consumo de productos locales, aunque no será suficiente si las manzanas de otro continente valen la mitad de precio, aunque los costes hayan sido mucho mayores. En este absurdo sentido de consumir productos procedentes de miles de kilómetros de distancia, teniendo otros similares en nuestro entorno, quizás la solución al desgaste del planeta sea que los productos valgan lo que cuestan. El problema es si el consumidor está dispuesto a pagar más por un producto con menos emisiones de carbono.

En España, hay empresas que se están empezando a concienciar de la necesidad de reducir el impacto de la huella ecológica. A veces lo saldan con la construcción de fuentes de energía renovables, aunque las cuentas no terminan de estar claras sobre si hay un equilibrio real entre lo que consumen del planeta y lo que le dan. De momento, en España hay acuerdos voluntarios con los que las empresas se comprometen a medir sus emisiones, pero todavía no es nada controlado ni obligatorio.

La huella electrónica

La electrónica y los gadgets son el objeto de consumo por excelencia del siglo XXI. De consumo masivo y sin escrúpulos. De comprar y tirar. Cambiamos el mp3 cuando salió el mp4, luego por el mp5, mp6… ¿hasta dónde llegaremos? Lo mismo pasa con los periféricos de ordenador, los móviles que ahora ya se pierden incluso con alegría (¡qué bien, móvil nuevo!)… Y a fin de cuentas, apenas ofrecen novedades. Cambio de diseño y poco más. Hace unos meses hablamos de los gadgets eco-friendly y de los logotipos Energy Star.

El operador Orange, por ejemplo, ya ha empezado a concienciarse y a explicar la huella de la telefonía móvil, calculando la cantidad de gases invernadero emitidos en los procesos de producción y de transporte. De hecho, la empresa ha creado una wiki propia donde explica conceptos relacionados con la sostenibilidad.

Debemos tener en cuenta que la huella electrónica es altísima en cuanto a gasto energético (derivado del bestial número de aparatos electrónicos que hay en los hogares) pero también en cuanto a explotación de recursos. Decíamos antes que aparece el grafeno como competidor del silicio. Será más efectivo o menos, pero supondrá, de nuevo, una gran explotación de recursos. Por no contar explotación de personas para su obtención, ya que los minerales más necesarios para la vida moderna proceden de contratos de esclavitud en países subdesarrollados. Si no, recordemos las guerras del Coltan, para obtener esos materiales imprescindibles para la fabricación de ordenadores.
Vemos que todo está relacionado: consumo indiscriminado de eletrónica, explotación de recursos y guerras. Que por cierto, las guerras también suponen una fuerte pisada que acrecienta la huella ecológica.

En cualquier caso, la etiqueta ecológica electrónica ni en nigún otro producto debería significar vía libre para seguir consumiendo a un ritmo insostenible, sino como una alternativa para comprar aquello que verdaderamente necesitemos. Por lo que lo más importante es reducir el consumo. Esto es como los alimentos bajos en calorías: que tengan menos, no significa que puedas ingerirlos sin control.