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Memoria de silicio,… ¿la tecnología nos vuelve más torpes y tontos?

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Toda revolución tecnológica impulsa un cambio de paradigma social, despiertan comportamientos inéditos que a su vez trascienden nuestro ser y cambian nuestra forma de pensar y definirse. Vivimos una época de crisis social y económica envuelta en una sábana de innovación tecnológica; el smartphone e internet son las piedras angulares de esta nueva era, una era que imprime nuevos comportamientos humanos y cierta controversia respecto a la privacidad y seguridad de los datos personales. Pero hay algo más que me trae en jaque… en un mundo donde la tecnología nos dio esa capacidad de registrarlo todo, rastrearlo todo y usar esta información para servirnos mejor, ¿dónde queda la libre elección, el derecho al error y la desviación social?

Está ahí… tenemos libre albedrío ¿recuerdas? Pero cuando la tecnología de masa se vuelve norma, resulta que a veces se convierte en el único camino a seguir. Los que no son nativos digitales saben bien a lo que me refiero: antes teníamos una relación más física con el mundo, teníamos el lujo de equivocarnos más a menudo, de dejar más espacio al azar y la confusión. Olvidar un número de teléfono no siempre tenía un final feliz, pero tampoco esperado. Ir conduciendo por la ciudad sin GPS activaba áreas del cerebro muy diferentes… hoy el GPS te puede hasta matar, como ese hombre que murió en 2010 tras caer al pantano por seguir las indicaciones de su GPS.

La tecnología inteligente nos hace la vida más fácil… ¡tonto!

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El GPS no está a prueba de tontos, de ahí que nos golpean de tanto en tanto noticias como la de esa mujer que recorrió 1450 km en vez de los 32 km que tenía que realizar por un error de cálculo de su GPS –más fails aquí-. El uso del GPS nos hace más perezosos, perdemos esa noción de aventura y oportunidad para desviarnos del camino e ir explorando caminos alternativos. En todo esto… ¿dónde queda nuestro sentido de la orientación?

Los taxistas han desarrollado habilidades adaptativas que les ayudan a orientarse en la urbe como ninguno -investigaciones demostraron un aumento de la materia gris en taxistas de Londres una vez aprendidas miles de calles. Por otro lado, se ha demostrado también que el uso del GPS en el gremio de los taxistas tenía un impacto negativo en su memoria y estaba matando literalmente su veterano sentido de la orientación.

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En cuanto al smartphone, está revolucionando la forma en la que nos relacionamos y comunicamos entre nosotros. Antes recordaba todos los números de teléfonos de mis amigos, hoy confío esa proeza a la memoria de silicio de mi smartphone. Hemos dejado de memorizar números de teléfonos, direcciones o citas, fechas como cumpleaños… nuestro teléfono inteligente se encarga de ello. ¿Significa esto que en parte somos más tontos?

No, digamos que optimizamos recursos para dedicarlos a otros menesteres… la mensajería instantánea es uno de ellos. La automatización de tareas de memorización ordinarias no es malo en si mismo pero nos afecta cuando nuestro móvil se queda fuera de combate. Borra del mapa posibles interacciones y conexiones nuevas que se realizan cuando llevamos a cabo el proceso de memorización sin ayuda de la tecnología.

Por otro lado, el móvil es hipnótico -una vuelta en el metro sin cachivaches tecnológicos te convencerá de ello. Todos socialmente activos pero cruelmente solos frente a la pantalla de su móvil; ignorando toda esa realidad que toma asiento a su lado. WhatsApp, Snapchat, Facebook o Twitter son los culpables de esa comunicación instantánea. Todo sucede a una velocidad atronadora y nuestra autonomía, no la del móvil, se ve afectada.

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En la vida online, el flujo de datos es continuo, la reflexión no tiene lugar y el dialogo se vuelve efímero y más superficial. Normal, es el universo del hiperenlace donde nuestra mente está siendo solicitada a cada instante por un nuevo bit de datos. Por ese motivo nos quedamos en la superficie, hay tanto que abarcar y señales que responder que perdemos nuestra concentración y capacidad de atención. Esta decrece y se instala el caos. Un caos provocado por el mismísimo acceso a la información ya que esta nos lleva a la vez a un vórtice de desinformación.

Una sobredosis de información es tan eficaz como la desinformación, en un instante nos puede acercar o alejar de la verdad. El homodigitalis se define por su forma de acceder a la información. Y en internet no nos apropiamos de ella, la descodificamos sin más; el pensamiento depende de la calidad del medio en el que se vierte. Estoy seguro que te cuesta leer un artículo como este hasta el final, ahí tienes la prueba de todo ello: consumir información es similar a consumir droga.

Antes hablaba de libre elección… si mi cepillo de diente me dice cómo cepillarme, si mi tenedor me dice que coma más despacio, si mi báscula me dice que mi ensalada lleva demasiadas calorías, si mis zapatos me dicen que tengo que andar más para estar en forma, si mi bombilla me manda un SMS porque se ha fundido, si la alfombrilla de mi puerta de entrada me enciende la tele al detectar mi pisada llegando del trabajo, si una máscara regula mi sueño o si les hablo a mis hijos a distancia mediante sus juguetes con filtros de voz graciosos…

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¿Dónde deja esto mi espacio de autonomía para tomar decisiones propias? Dicen que de los errores se aprende pero qué pasa si los objetos conectados inteligentes me quitan esa oportunidad a aprender por mi cuenta cometiendo errores… ¿quedará poca libertad de decisión en el mundo inteligente que se está creando? Los objetos inteligentes van a revolucionar el mundo, pero para muchos serán sinónimos de una perdida de control.

En mi opinión, los objetos inteligentes no deberían encontrar la solución por nosotros,… sino ayudarnos a resolver problemas. Si la solución ofrecida por la tecnología se convierte en norma u obligación como único camino a seguir, entonces nos empujará hacía el autocontrol. Un estado en el que perdemos la libre elección, el derecho a salirnos del camino y explorar por nosotros otras posibles respuestas, a riesgo de equivocarse.

Los expertos de la tecnología de la información hablan…

  1. Howard Rheingold dice que internet favorece el tratamiento superficial de la información, lo que favorece los comportamientos de pura credulidad -la contestación desaparece- y de distracción entre sus usuarios más adictos.
  2. Evgeny Morozov dice que la tecnología reduce nuestra capacidad de reflexión; vivimos el presente con ansias sin esa capacidad para proyectarse en el futuro o peor aun, para retroproyectarse en el pasado simplemente.
  3. Susan Greenfield dice que las redes sociales como Facebook o Twitter disminuyen nuestra capacidad de atención y favorecen la gratificación instantánea -lo que llamamos gamificación en las apps-; nos hace más egocéntricos.
  4. Mihaly Csikszentmihalyi dice que el acceso instantáneo a la información nos hace menos reflexivos y que esa información está a menudo sacada de su contexto, lo que dificulta la comprensión de temas complejos.
  5. Haim Harari dice que internet nos impide conocer a fondo sucesos porque reduce su importancia a simple elemento informativo, pero favorece la capacidad para relacionar sucesos y clasificarlos usando la lógica pura.
  6. Nassim Taleb dice también que internet y su flujo de información nos vuelve más crédulos y nos da cierta ilusión del conocimiento. Siempre que descubrimos alguna información nueva, hay alguien cerca para impugnarla.
  7. George Dyson dice que la tecnología de la información debilita nuestra creatividad ya que pasamos de cosechar datos para construir una realidad compleja a eliminar o ignorar datos para ir al grano, a ese gran conocimiento oculto.